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El último Bolero de “El Señor de Sombras”

De pocos cantantes del pasado (mexicanos o de cualquier otra nacionalidad) se podría afirmar lo que los argentinos suelen repetir de Carlos Gardel: “cada día canta mejor”. Javier Solís estaría sin duda entre esos pocos, pues el gusto por sus interpretaciones no sólo se mantiene intacto 50 años después de su muerte, sino que tal gusto se ha ido expandiendo con el paso de las generaciones, no obstante las numerosas modas que en este medio siglo ha conocido la vida musical de nuestro país y la del resto del mundo.
Como correspondería a un clásico, Javier Solís sigue siendo vigente: nunca ha salido de la programación cotidiana de la radio; sus decenas de éxitos no dejan de sonar en las rocolas de cantinas y antros de todo tipo; ha ido sumando devotos también entre las generaciones más jóvenes; sus discos se reeditan de manera periódica y en grandes tirajes, hasta el extremo de haber llegado a ser el cantante de mayores ventas de la ya desaparecida compañía fonográfica Discos Columbia de México y de seguir siendo en la actualidad uno de los más cotizados del consorcio Sony Music.

¿A qué se debe la vigencia de Javier Solís, la cual ha hecho de él un verdadero clásico de la música popular mexicana? Más allá de la leyenda que se fue creando en torno a su persona (especialmente la del niño abandonado por sus padres y criado por personas extrañas, o de su impostado origen sonorense y de su supuesta ascendencia yaqui, cuando en realidad era nativo de una barriada de la Ciudad de México) y que fraguó con su temprana muerte, a los 34 años, sin duda esa vigencia se debe a sus cualidades vocales e interpretativas: una voz cálida, bien modulada, de gran afinación, persuasiva, con un dejo melancólico y sobre todo llegadora (“el estilo Javier Solís”, reconocible en cualquier repertorio), ideal para la interpretación de boleros.

Pero como tampoco cantaba mal las rancheras, pronto fue convencido lo mismo por su productor (Felipe Valdés Leal) que por sus directores artísticos y arreglistas (Fernando Z. Maldonado y Rafael Carrión fueron los principales), pero sobre todo por la multitudinaria aceptación del público, de que lo suyo, lo suyo era el llamado “bolero ranchero”, al cual no sólo impuso como género musical, sino del que muy pronto, casi desde el primer momento, acabó haciendo su especialidad.

Más de dos son multitud

Hay voces correctas, potentes, hazañosas, afinadas… admirables por una u otra razón, pero que carecen de feeling, esa indefinible carga emotiva que hace que determinada interpretación sea única y que el intérprete parezca algo irrepetible. Sólo ha habido un Louis Armstrong, una Edith Piaf, un Frank Sinatra y una sola Elis Regina. El plumaje de Javier Solís era de ésos. Resulta punto menos que imposible decir en qué consiste ese milagro de la voz, pero es muy fácil advertir cuando dicho prodigio no aparece.

A diferencia de Pedro Infante, Javier Solís nunca necesitó del cine para su consagración, pues a diferencia del sinaloense, ninguna de las películas en las que intervino (sería exagerado decir que actuó, pues en la pantalla grande el público esperaba más bien el momento en que empezaría a cantar) llegó a ser un éxito de taquilla y, muchísimo menos, un logro cinematográfico. Fue sólo su voz excepcional (alimentada por compositores de fuste y por arreglistas inspirados) la que hizo todo, llevándolo no sólo a ser aceptado, sino a entrar en esa categoría mítica, de culto, que es la del ídolo, donde más de dos ya son multitud.

El primer músico profesional en reconocer cualidades excepcionales en el novel cantante, cuando éste aún se ganaba la vida como carnicero, fue el compositor Federico Baena, alumno de Rodolfo Halffter y autor de varios clásicos de la canción romántica mexicana como Vagabundo, Cuatro cirios, En qué quedamos por fin y Jamás, jamás.

Baena lo había escuchado por primera vez en 1953, cuando el jovencísimo Javier, de apenas 22 años, cantaba con el mariachi Metepec. Dos años más tarde, volvió a encontrárselo en el bar Azteca. Para el gusto de Baena, aquel chamaco desconocido aventajaba con mucho vocalmente a Pedro Infante, quien en su opinión “era apenas un cantante entonado, pero con una voz muy llorona”. En cambio, Javier Luquín (el pre Javier Solís) era otra cosa: “El color de su voz era bellísimo. De tenor, pero no dramático. Matizaba precioso”.

No obstante esos dotes vocales, Fernando Z. Maldonado, Felipe Valdés Leal y Rafael Carrión (padre de los Hermanos Carrión y quien habría de ser uno de sus arreglistas favoritos), sometieron a Javier Solís a duras pruebas de laboratorio musical. Con la ayuda de todos ellos, le corrigieron algunos vicios y supieron aprovechar una cualidad que sería definitiva para su consagración y para el encumbramiento del bolero ranchero: su inigualable media voz, que no era como cualquier otra, sino única, capaz de alcanzar las tonalidades más altas, para luego descolgarse a tonos bajos sin desafinar.
En palabras de José Felipe Coria, Javier Solís poseía como cantante una virtud que parecía haber conservado de su época de tablajero: como todo buen carnicero “sabía filetear vocalmente, adelgazar o engrosar los tonos sin nunca perder consistencia en el volumen”.

Otro elemento que completaba el estilo irrepetible de Javier Solís, además de su timbre característico, era su peculiarísimo vibrato, un poco abierto, pero capaz de hacer virtud de la necesidad. (El doctor Ernesto Gómez Limón, solista incurable, sospecha que ese vibrato tan característico tal vez haya tenido su origen en una deficiencia vocal congénita: voz escándida).

En el lapso de 10 años, Javier grabó más de 300 canciones. La última de ellas, Amigo organillero, de su maestro Carrión, comenzó a sonar en la radio en los primeros días de 1966, tres meses antes de su muerte a consecuencia de una complicación biliar, y fue vista por muchos de sus admiradores como una premonición: “Quiero morir, no tengo ya aquel amor tan puro y santo/ quiero seguir al más allá a la que quiero tanto./ En esta noche, en que la muerte espero/ sigue tocando, amigo organillero”.

A medio siglo de su desaparición, Javier Solís mantiene la novedad del primer día. Su magisterio emotivo no ha dejado de formar parte de la educación sentimental de hombres y mujeres de varias generaciones, que nunca han sido indiferentes al pregón favorito de quien muriera un 19 de abril, hace 50 años. “¡Qué va!”.

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